BIOGRAFÍAS VINCULADAS, TOMO II

Este tercer tomo está dedicado a nuestro país, del que se analizan dos grandes periodos de su historia.    Los protagonistas de la primera parte son Cuauhtémoc y Hernán Cortés: la nobleza del indio enfrentada a la astuta ambición del europeo.     Un personaje particularmente importante en la relación entre estas dos figuras históricas fue la princesa Tecuichpo Izcaxochitl.

En pleno tiempo de lucha entre los mexicas y los conquistadores, Cuauhtémoc se convirtió en gobernante del Imperio.     Por ser, en ese momento, la única hija soltera del fallecido emperador Moctezuma II, Tecuichpo estaba destinada a ser la esposa de su sucesor; pero en ese año Tecuichpo era apenas era una niña de once años, por lo que su matrimonio con Cuauhtémoc fue únicamente nominal.

Para 1521, la conquista ya se había realizado y Cuauhtémoc era prisionero de Cortés; el capitán general, obsesionado por la juventud y belleza de Tecuichpo, que ya alcanzaba la edad núbil, no permitió la consumación del matrimonio: obligó al derrotado Cuauhtémoc a que lo acompañara en un viaje a las Hibueras (actual Belice) y en el camino lo mandó ahorcar.     A su regreso, ya en su casa de Coyoacán, ordenó que le llevaran a la joven india.

En una conversación ríspida, Cortés ofreció protección a la princesa que ella, airada y enojada, rechazó vehementemente, llamándole asesino (Tecuichpo se refería a Moctezuma, a Cuauhtémoc y a Tetlepanquetzal) y cínico.      La conversación subió de tono, ya había durado demasiado, y Cortés decidió darla por terminada.   Se acercó a la joven princesa con la intención de abrazarla, pero fue violentamente rechazado: los rasguños, puñetazos y patadas de Tecuichpo solamente lograron avivar sus deseos; al final, se impuso la fuerza del soldado y la violación se consumó.      Las forzadas relaciones se multiplicaron en el tiempo que Cortés tuvo prácticamente secuestrada a la princesa mexica; sin embargo, para no estar en pecado, mandó llamar a un sacerdote para bautizarla y cambiando su nombre por Isabel: Isabel Moctezuma, se llamó en lo sucesivo.

El cautiverio terminó cuando el gobernador se cansó de la permanente rebeldía de la joven india.      Entonces, la casó con uno de sus capitanes, Alfonso de Grado, quien, al cabo de seis meses, fue mandado matar por el propio Cortés, cuando quiso volver a llevarse a la muchacha y Grado intentó oponerse.   Todo esto lo narra Blanca Barragán Moctezuma, descendiente de Isabel.

Astuto y carente de escrúpulos, Hernán Cortés fue capaz de conquistar al imperio azteca al frente de un puñado de hombres, gracias a las alianzas que logró concertar con los pueblos que los mexicanos tenían sometidos y a la fanática complicidad del propio emperador Moctezuma que los creía dioses.    Además, en la última etapa de la conquista de Tenochtitlan, contó con un inesperado aliado: la viruela, que mató a un mayor número de mexicanos que las balas de los arcabuces.

En la segunda parte de este tomo se narran algunos de los hechos más destacados de la Revolución y de la Posrevolución iniciando con uno de particular importancia: la toma de Ciudad Juárez, que fue decisiva para la renuncia de Porfirio Díaz.

La conquista de esta estratégica plaza se llevó a cabo contra los deseos del jefe de la Revolución, Francisco I. Madero, que ya había dado órdenes de abandonarla. Mientras el mando de su escolta leía, en el centro del campamento, un largo Manifiesto en el que Madero trataba de explicar las razones por las que debían abandonar Ciudad Juárez sin combatir, Pascual Orozco, el militar de mayor grado de Madero, había citado en su tienda de campaña a los principales jefes revolucionarios para discutir un plan de combate para el día siguiente: en el primer asalto no participarían ni Orozco, ni Villa, ni Garibaldi, ni Blanco, que se quedarían en el campamento para “capotear” a Madero, que seguramente se iba a poner furioso y trataría de obstaculizar el ataque, sobre todo porque tenía pactado un armisticio con el General Navarro.

Toda la tarde intentó el jefe de la revolución detener el ataque, sin el menor resultado; hacia las nueve de la noche, Orozco, Villa, Garibaldi y Blanco, con datos precisos del avance de la ofensiva, se apersonaron en la casa de Madero y le dijeron, francamente, que ya no era posible retroceder y abandonar todo lo que se había ganado en Ciudad Juárez y pedían su autorización para apoyar la ofensiva con el resto de las tropas.   Por fin, Madero comprendió que no tenía alternativa y autorizó el ataque.     A partir de las primeras horas del 9 de mayo, al frente de más de seiscientos hombres, el día entero fue de intensos combates, pero era evidente que los revolucionarios iban ganando terreno; el grueso del ejército federal se iba replegando hacia el centro, empujado por las pinzas que formaban los dos grupos que entraron en acción esa mañana.  Con el parque a punto de agotarse y soportando la múltiple ofensiva revolucionaria, las acciones de los defensores se iban debilitando, hasta que, al amanecer del 10 de mayo, la bandera blanca fue izada en la asta del cuartel federal.

Otro hecho notable de esa época, ya con Francisco I. Madero investido como presidente, fue la Decena Trágica, del 9 al 18 de febrero de 1913, durante los cuales, la Ciudad de México tuvo que soportar el constante intercambio de cañonazos entre los partidarios del gobierno de Madero, instalados en el Palacio Nacional, y los rebeldes acuartelados en La Ciudadela: con fatídica frecuencia, los cañonazos iban a dar a diversos barrios de la ciudad, matando civiles y destruyendo casas.       La lucha terminó con el triunfo de los rebeldes (un desenlace que era inevitable) pues, inexplicablemente, Madero se empeñó en dejar la defensa del Palacio Nacional bajo la dirección de Victoriano Huerta, uno de los principales conspiradores y cuya traición era evidente para todos, menos para el incauto presidente.

Una vez obtenido el triunfo, Huerta mandó asesinar a Madero y al vicepresidente Pino Suárez y se hizo nombrar presidente provisional; aunque no fue tan provisional, pues dejó la presidencia después de año y medio, al triunfo de la Revolución Constitucionalista, en 1917, encabezada por Venustiano Carranza.

El periodo postrevolucionario, que abarcó la década de 1920, inició con el asesinato de Venustiano Carranza y continuó con el arribo a la presidencia de los sonorenses Adolfo de la Huerta, Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, que ocuparon la silla presidencial en forma sucesiva.   Casi al final de la década, en 1928, murió asesinado Obregón, que se había reelegido traicionando los mismos principios por los que él mismo había luchado.    Tras la muerte de Obregón, Plutarco Elías Calles se convirtió en el “Jefe Máximo”, sobrenombre que reflejaba su influencia y dominio sobre los Presidentes que lo sucedieron: Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez hasta que Lázaro Cárdenas lo expulsó del país en 1936.

Para la ilustración de portada elegí un busto de Cuauhtémoc y, para el fondo, el Castillo de Chapultepec que fue, precisamente hasta el periodo de Calles, residencia de los presidentes.    Este libro también se presentó en dos ocasiones: el 26 de septiembre de 2015 en Jardines de Ahuatepec, nuestra casa, y el 11 de noviembre del mismo año en el Restaurante Casa Gabilondo, Cuernavaca, Mor.    La edición y preparación, impresión y distribución corrió a cargo de Luzam, bajo la siempre atenta dirección de Carmen Bermejo.

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