Biografía

ORÍGENES

Pedro Múzquiz Valdés, mi papá, nació en Saltillo, Coahuila el 29 de mayo de 1879 y su papá, don José María Múzquiz Echaiz, siendo Gobernador de Coahuila, lo envió a estudiar medicina a la Universidad de Stanford en Estados Unidos, pero la Revolución no le permitió terminar la carrera.

En el mismo año en que estalló la Revolución, falleció el Gobernador, por lo que Pedro Múzquiz se vio obligado a abandonar sus estudios. En México, sus dos hermanos y su cuñado se habían incorporado a la Revolución, aunque por causas diferentes. Mis tíos Eugenio y Jesús Múzquiz Valdés, hermanos de Pedro, fallecieron peleando por Madero, y el esposo de Helena, cuñado de Pedro, murió envenenado por un sobrino de Venustiano Carranza, con motivo de una pelea personal, porque tuvo la mala ocurrencia de asociarse con él en la compra de un rancho y por eso lo mató, para quedarse con la propiedad.

Mis tíos, Luis y Eugenio Aguirre Benavides, primos en segundo grado de mi papá, se unieron a Pancho Villa.  Luis fue su secretario particular y Eugenio uno de sus principales generales.   Mi papá, Pedro, simpatizó con las ideas de Pascual Orozco, quien se consideró traicionado por Madero y luchó a su lado; como era el que más sabía de medicina, lo nombró su médico particular; pero cuando Orozco se tuvo que refugiar en Estados Unidos, para curarse de las heridas que llevaba, los orozquistas huyeron en desbandada para evitar la masacre que estaba acabando con ellos.

Mi padre huyó a Chihuahua y permaneció escondido en la mina de Batopilas hasta 1918, año en que el presidente Venustiano Carranza dio amnistía a los militares que habían luchado en la Revolución, sin importar a qué bando pertenecieran.   A mi papá, por tener los estudios de medicina, le dieron el grado de Teniente Coronel.   En 1922 conoció a mi mamá, Esther Orendain Zapiain, que vivía en la Ciudad de México; ella nació en Orendain, Jalisco y ahí hubiera seguido viviendo, pero su papá se peleó con sus hermanos por cuestiones de dinero y -después de liquidar lo que le correspondía- vino a vivir a la Ciudad de México.

En ese mismo año, 1922, se casaron mis papás, siendo el segundo matrimonio de mi mamá; de su primer matrimonio, tenía una hija llamada Elvira Durán.   Dado que mi mamá se casó con un militar, tuvo que acompañarlo en sus viajes con la tropa, porque era el pagador; pero mi mamá no soportó la vida en el ejército y mi papá, para complacerla, tuvo que licenciarse y dejó el ejército.    Entonces consiguió un empleo en la burocracia del Gobierno del Distrito Federal, en el que ganaba mucho menos que en la milicia, pero con la bonificación que le habían dado cuando se licenció, se sostenían bastante bien.

El 2 de febrero de 1925 nació mi hermano Eugenio, mi hermano mayor que siempre estuvo conmigo apoyándome.

Hacia las seis de la tarde del 10 de octubre de 1928 llegó la señora Paz Cruces a la casa marcada con el número 33 de la calle de Aztecas; era la última casa de la calle y hacía esquina con Héroe de Granaditas (hoy Eje 1 Norte), que divide a las colonias del Carmen y al barrio de TepitoEl departamento que habitaba la familia de don Pedro Múzquiz era uno de los cuatro en los que la antigua residencia, seguramente construida en el siglo XIX, había sido convertida en una vecindad con cuatro departamentos, dos en la planta baja y dos en la planta alta.  

Los dueños del edificio tenían una portera que cobraba la renta y sus hijos barrían los patios. La señora completaba sus ingresos fabricando nueces garapiñadas, por lo que el edificio siempre tenía un agradable olor a vainilla. Aún antes de entrar al zaguán del edificio ya era muy fuerte el grato olor. Otra actividad que realizaba la portera era abrir la puerta a los trasnochados; los que llegaban entre 10 y 12 de la noche pagaban 10 centavos porque les abrieran la puerta y los que llegaban después de las 12 pagaban 20 centavos por la apertura. 

La señora Cruces, la partera, subió a la planta alta y se dirigió al departamento Altos 2. Lo primero que hizo fue auscultar a la paciente y pronosticó el parto para las ocho de la noche. 

–De todos modos, hay que tener disponibles un par de ollas de agua caliente, agregó. 

 Acompañaban a mi mamá, mi media hermana Elvira, mi prima Elena Huerta, como de la edad de Elvira (de casi veinte años), mi tía Esther, esposa de mi tío Guillermo Ochoa y tocaya de mi mamá. 

Mientras Elvira, Elena y la tía Esther encendían el ocote en las hornillas, hablaban del probable nombre del bebé que estaba por nacer; si era niña se llamaría Constanza -proponía mi mamá- como la novia de D’Artagnan y, si fuera varón, prefería Arturo.  Casi todos estaban de acuerdo, menos Elvira y Elena que se inclinaban por nombres mexicanos (Nezahualcóyotl o Cuauhtémoc).  

En la mesa de la misma cocina, mi papá y mi tío bebían café y comentaban los acontecimientos del momento; el más importante: el asesinato del reelegido presidente Álvaro Obregón, ocurrido menos de tres meses atrás. 

–Fue un acierto el de Calles el haber sustituido en la Jefatura de Policía al general callista Roberto Cruz, por Manuel Ríos Zertuche, amigo personal de toda la vida de Obregón, dijo Pedro.  De este modo aleja toda posibilidad de que lo culpen de complicidad. Ahora solamente falta saber a quién nombrará don Plutarco como su sucesor. 

–Ya lo hizo, aclaró mi tío: nombró al tamaulipeco Emilio Portes Gil. De cualquier modo, decía, ni León Toral ni la madre Conchita se salvan del paredón. (Al final del juicio, Toral fue condenado a muerte y a la monja la enviaron a las Islas Marías donde debería permanecer 20 años. En el penal colgó los hábitos y se casó con Pedro Castro Balda. 

 Con un notable acierto de la partera, a las ocho empezaron los dolores del parto y para las nueve de la noche el llanto del recién nacido llenaba la recámara, a quien llamaron Cuauhtémoc Arturo. Como seguía la guerra cristera, me bautizaron sin cura.  Mi padrino fue el ingeniero Alfredo Valle y mi madrina Elena Huerta, ambos ateos.

Dos años más tarde nació nuestra hermana que se llamó Leonor, como su madrina, Leonor Llorente, una excelente soprano que formaba parte de los coros de Bellas Artes.     En 1930, Leonor Llorente se casó con el expresidente Calles y vino a vivir a Cuernavaca.    No volvimos a saber de ella hasta años después, cuando nos enteramos de su fallecimiento en un sanatorio de Arizona: estaba siendo atendida de un cáncer de mama.  

El año de 1932 fue fatal para la familia: en febrero murió de pulmonía mi hermana Leonor, antes de cumplir dos años; en junio falleció mi media hermana Elvira de un infarto y en noviembre murió Leonor Llorente, dejándole dos pequeños hijos al expresidente Calles, al que ahora le llamaban “el Jefe Máximo” por el poder que había adquirido. 

FORMACIÓN

Empecé a ir al “kinder” en 1933, cuando Eugenio iba al tercer año. Estábamos en el colegio Lux, en la calle de Venezuela, en el Centro. A las dos salíamos a comer y a las cinco era la salida definitiva.  A esa hora, Eugenio me llevaba a la biblioteca de la SEP, donde leí mi primer libro: “Las aventuras de Pinocho y Chapete” de Faustino Calleja.   Jugábamos beisbol con nuestros vecinos, siempre en la calle, pues jamás pasaba un automóvil; también nos gustaba el box, para el que nos animaba un fracasado boxeador que se hacía llamar “Kid Pancho”, que desapareció tan misteriosamente como llegó.  

En la casa todos leían: mi papá, poemas en inglés; mi mamá leía a Alejandro Dumas; Eugenio y yo “La Novela Semanal” que costaba 25 centavos y en la que leímos “Las Novelas Ejemplares” de Cervantes, “Tartarín de Tarascón” de Flaubert y “Los Cuentos del General” de Vicente Riva Palacio, entre otros.  

Estudié en el Colegio Lux hasta quinto de primaria y Eugenio terminó hasta sexto e ingresó a la escuela secundaria Abraham Castellanos, en la calle Del Carmen.  

Como el empleo de mi papá era supernumerario (temporal) lo enviaron a cubrir una vacante en Coyoacán, y ahí permanecimos dos años.  Ahí en Coyoacán nos dieron una casa gratuita, en la calle de Pérez Valenzuela, pero que no tenía luz eléctrica porque era propiedad del Gobierno. Ahí estudié sexto año de primaria y primero de secundaria. Eugenio tuvo que abandonar la secundaria y entró a trabajar como auxiliar de reportero en el periódico “El Popular”, en donde empezó su carrera de periodista.  

De Coyoacán nos fuimos al Barrio de Belén, en Xochimilco, y ahí estuvimos otros dos años. En Xochimilco estudié solamente segundo de secundaria. Tanto en Coyoacán como en Xochimilco teníamos casas con terrenos que a mí me parecían muy grandes y a mi mamá le encantaban porque los tenía llenos de animales (gallinas, patos, guajolotes y perros). 

Tuvimos que regresar a Coyoacán, pero ya no encontramos la misma casa, por lo que alquilamos un departamento en la calle de Ayuntamiento. En otro departamento del mismo edificio vivía Chole Peña, hermana de Laura, que, en algunas de sus visitas a su hermana conoció a Eugenio.    Laura y Eugenio se hicieron novios y se casaron en 1945.  

Yo trabajaba únicamente en las vacaciones de fin de año: un año en la panificadora de don Celso, preparando la masa para el pan de muertos y al año siguiente en la fundición de los Martínez fundiendo rejas y alas para “arados egipcios”. 

Cuando terminé la secundaria, mi mamá quería que estudiara Ingeniería Agrícola, como mi padrino Alfredo Valle -que había sido novio de Elvira, mi hermana- pero no fui aceptado en Chapingo.  Entonces, mi prima Laura Huerta, hermana de Elena, me invitó a inscribirme en el Instituto Politécnico Nacional, en la Vocacional 1, en el Casco de Santo Tomás; al concluir el bachillerato me inscribí en la Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura, la ESIA, donde, en 1950, terminé la carrera de Ingeniería Civil, con la especialidad en Caminos y Ferrocarriles.   

Siendo estudiante de la carrera conocí, a través de sus hermanos Salvador y Clemente, a Gloria Beltrán; fuimos novios hasta 1953, cuando nos casamos. 

Para esa época, Eugenio ya era papá de Laura Eugenia que nació en 1948, de Lourdes que nació en 1950 y de Eleana en 1952. Años más tarde nacieron los gemelos Pedro y Arturo, que tomaron sus nombres de sus abuelos: Pedro Múzquiz y Arturo Peña.    Mi papá estuvo muy enfermo por alta presión arterial de 1942 a 1951, año en que falleció. 

 

PRIMEROS TRABAJOS

Al año siguiente de terminar la carrera me fui a trabajar, por parte de la Secretaria de Obras Públicas, a la construcción del ferrocarril Durango–Mazatlán.  Regresé a casarme a la Ciudad de México.  Del ferrocarril Durango–Mazatlán, me enviaron, como residente de obra, a la construcción del Ferrocarril Chihuahua–Pacífico con residencia en Areponapuchic, Chihuahua.      

Ahí nació mi hijo Homero Glauco en 1955 y un año después nació el primer Dante Alighieri, quien sólo vivió dos meses, ya que se enfermó de bronquitis y no había doctores en el campamento. 

Constructora Fierro y Concreto

Estuve en Areponapuchic 6 años, de 1951 a 1957, regresando a la Ciudad de México, para formar la “Constructora Fierro y Concreto” en sociedad con Ramón Peralta, a quien conocí en la sierra de Chihuahua.   La empresa se dedicó a la construcción de tres estaciones de ferrocarril: la Gran Estación de Carga de Tlalnepantla, La Estación de Carga de Pantaco y La Nueva Estación de Pasajeros de Buenavista.   Estando en Chihuahua sucedió el gran sismo de la Ciudad de México de 1957. 

Cuando concluyeron las obras de las Estaciones, la SOP no nos dio nuevos contratos, pero sí fuimos contratados por la Secretaría de Marina para construir faros de navegación en las costas y en las islas de Yucatán y Quintana Roo, entre 1961 y 1966; los faros de Holbox, Telchac, Celestún e Isla Aguada fueron las instalaciones que edificamos.  Los faros son obras poco redituables, sobre todo por los altos costos que se tienen para llevar hasta el sitio los materiales de construcción, pero son también trabajos muy entretenidos: la mayor parte del tiempo lo pasa uno disfrutando de hermosas playas, en ese tiempo casi inaccesibles, o navegando en el Caribe. 

Para entonces ya habían nacido Dafné Eurídice en 1958, mismo año en que falleció mi mamá, el segundo Dante Alighieri en 1962 y Diana Eunice en 1964. 

Administración Pública SOP / SAHOP / SCT

Cuando se terminaron los faros, regresé nuevamente a la SOP, luego SAHOP y al final SCT, en la Ciudad de México a supervisar ferrocarriles por varias regiones de la República Mexicana. Estuve trabajando para la Secretaría hasta mi jubilación en 1987.     También me dediqué a dar clase en la ESIA, de Estructuras, actividad que requirió atender grupos tres veces por semana a lo largo de veintidós años. 

En ese entonces ya habían nacido Yuri Gagarin en 1969 y Sandra Atenea en 1977; posteriormente falleció mi esposa Gloria en 1984. También había sucedido el sismo de 1985.  

Es importante comentar que antes de mi jubilación, en 1986, la SCT me envió a supervisar la fabricación de rieles a Japón.  Estuve en varias ciudades de ese país en donde se fabricaban rieles laminados.  Fue una gran experiencia el visitar ese país, por el conocimiento que adquirí, por los japoneses que conocí de diferentes empresas, la cultura del país y -por supuesto- cada quién defendiendo sus procedimientos de trabajo; el viaje fue -en sí- muy interesante. 

Iniciativa Privada: CGN / TRIBASA

Al jubilarme de la SCT, entré a trabajar a la compañía constructora TRIBASA, donde supervisaba la construcción de autopistas denominadas “de altas especificaciones”, tocándome la supervisión, entre otras, de las Autopistas México–Toluca–Guadalajara, Guadalajara–Colima–Manzanillo, Culiacán–Mazatlán, Guadalajara–Tepic, La autopista del Sol México–Acapulco y, finalmente, la autopista Tehuacán–Oaxaca. Estuve en TRIBASA de 1987 hasta mi jubilación en 1999, cuando abandoné el trabajo de construcción y me dediqué a escribir.

En 1990 me casé con Alicia, quien había sido mi compañera de trabajo en la SCT durante varios años; ella estaba a cargo de una de las tres oficinas que me reportaban, que se llamaba Contratos Ambos nos jubilamos y varios años después nos encontramos en Paseos de Taxqueña, en la colonia donde vivía con mis hijos.  Ella estaba buscando casa.  Nos volvimos a relacionar y -después de algunos años nos casamos y nos trasladamos a Cuernavaca.

Lector / Escritor

Estaba por cumplir 72 años y no me resultaba atractivo tirarme en un sillón a esperar que llegara la muerte, como había ocurrido con algunos de mis compañeros jubilados.  Casi sin pensarlo, me puse a escribir, como una forma de mantenerme activo.  No tenía ninguna preparación en el ámbito de la redacción literaria, pero tenía a mi favor que desde los ocho años había empezado a leer, lo que en mi familia era una práctica cotidiana.  Y hasta la fecha nunca he dejado de hacerlo.  

Aún en los años en los que viví en campamentos serranos, y me alumbraba con un quinqué de petróleo, nunca me faltó una pequeña biblioteca.    Fruto de estos años de trabajo, son los libros que integran esta colección que ofrecemos esperando resulten de su interés y agrado. 

Obituario:

El viernes 19 de enero de 2018, a las 18:35 horas, después de un largo, pleno, majestuoso, interesante y fascinante vuelo, el Ing. Cuauhtémoc Arturo Múzquiz Orendáin ha realizado su último aterrizaje, suave, ligero, sin incidentes graves y con su familia acompañándole fraternalmente.      Arturo, como lo conocían en casa; el Ingeniero, como fue conocido en casi toda su vida, fue egresado primero, catedrático después, de la Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura, del IPN.  

Dedicado a la Ingeniería Civil, fue parte de esa generación de profesionistas que contribuyeron, a mediados del siglo pasado, a la creación de infraestructura en el país, enfocado plenamente en la Subdirección Técnica de Vías Férreas en la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, hasta su jubilación del sector público.     En el sector privado, ya en sus últimos años de vida laboral, colaboró en la construcción de carreteras de altas especificaciones. 

Pero los frutos no terminaron ahí. Asiduo e incansable lector, Cuauhtémoc Arturo empezó a escribir durante sus ratos libres mientras era funcionario público y concluyó siete obras, varios ensayos y relatos breves. Fue miembro de la Sociedad de Escritores de Morelos, así como del Seminario de Cultura Mexicana. 

Ha sido una persona con quien pudimos convivir fraternalmente, cálidamente, intelectualmente, cordialmente también, por muchos años.    Hemos compartido muchas cosas, hablado de muchos temas, comentado sobre muchos libros, escuchado mucha música clásica y enfrentado muchas circunstancias y -tal vez- han quedado temas pendientes, pero, entendemos que, con cualquier persona, es normal que sea así.  

Después de hacer sumas y multiplicaciones, pocas restas y ni una división, agradecemos el valioso tiempo que compartimos y por los datos, esquemas, perspectivas, valores y vivencias que intercambiamos. 

Agradecemos, es la palabra precisa.     Cualquier otra expresión habría sido un vano intento por retenerle, evitar su partida o prolongar una agonía innecesaria tras infectarse en los pulmones con graves e insospechadas consecuencias. 

Lo recordaremos como fue: autónomo, paciente, metódico, cordial, buen conversador, incansable, ecuánime, objetivo, mesurado y físicamente fuerte.  Lúcido, amable, educado, atento y cortés, conciliador y mediador inalterable, con esa característica inteligente que le distinguió toda la vida. 

De acuerdo con sus deseos, esparcimos sus cenizas en las apacibles inmediaciones de la laguna de Teshuilo, Xochimilco, entre agua, tierra, viento y sol. 

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